Ponencia para el XV
Congreso Nacional de Filosofía en Puno
30 de octubre del 2015
Resumen
Esta ponencia propone
un cambio de visión sobre la civilización andina: plantea no verla como un
objeto de estudio histórico sino como una propuesta de modelo a seguir para un
desarrollo sostenible en la medida que sus estructuras filosóficas y sociales
coinciden perfectamente con la búsqueda de una forma de vida futura que
armonice con el medio ambiente e interaccione positivamente con la naturaleza.
La razón que lo justifica es que este modelo ha venido siendo utilizado durante
milenios por los pueblos andinos con excelentes resultados comprobados en la
práctica y no hay motivo para creer que no pueda aplicarse a nivel
mundial.
Introducción
Los llamados pueblos
ancestrales son vistos por los países desarrollados como si fueran menores de
edad que habitan territorios muy ricos en recursos naturales pero inexplotados
por la incapacidad de ellos mismos. Igualmente son concebidos como carentes de
alguna virtud que pueda significar un aporte útil para la humanidad. Sin embargo
¿podrían ser considerados de otra manera y no como sociedades incapaces de
aprovechar la riqueza o susceptibles de compasión o receptoras de políticas
asistenciales? Lo que se pretende exponer aquí es que en una cultura como la
andina se encuentran los elementos esenciales que permitirían responder a las
grandes inquietudes contemporáneas como por ejemplo: ¿existirá un modelo de
desarrollo sostenible que pueda reemplazar al capitalismo depredador? ¿Cuáles
serían las bases de su sustentación? ¿Cómo se podría comprobar si es efectivo?
Metodología
Debido a que éste es
un razonamiento filosófico racional se empleará el análisis comparativo y, en
algunos casos, tanto la deducción como la inducción, amén de no desechar lo más
valioso que es la intuición. Diversas ciencias como la historia y la sociología
aportan distintos elementos de juicio con los cuales se pueden formar nuevas
opciones a través de enfoques no convencionales, distintas a los que se plantea
en la actual academia. Muchas veces lo que cambia no es el dato sino la manera
de interpretarlo, tomando como referencia lo expuesto por Thomas Kuhn cuando
planteó la tesis del paradigma en su obra La estructura de las
revoluciones científicas.
Tres nociones básicas
para entender el pensamiento andino
A continuación voy a
exponer en forma sucinta y con carácter introductorio tres conceptos andinos
traducidos de la mejor manera posible a una estructura de pensamiento
occidental. Ante esto es obligatorio decir entonces que se parte del
presupuesto que existe un pensamiento no occidental, desechándose para ello
ciertas tesis que sostienen que la manera de entender e interpretar al mundo es
una sola y que sus etapas básicas corresponden a las llamadas culturas
primitivas mientras que las más elaboradas a la Occidental. Enfocar las cosas
de esta manera es ya de por sí un cambio en la forma de juzgar que trae
consecuencias fundamentales a la hora de hacer estudios y extraer conclusiones.
Solo considerando esta
mirada menos prejuiciada es que se obtiene más soltura para ver las cosas sin
las barreras de tener que encajarlo todo en un mismo esquema, método que de por
sí no ha resuelto cuestiones básicas que muchos de los contemporáneos exigen
ser replanteados. Entre estos últimos están numerosos pueblos sudamericanos
quienes, lejos de sentir que desaparecen y que son relegados por la historia,
juegan hoy un papel principal en el destino de gran parte del entorno andino.
La investigación
teórica no puede estar al margen de esta realidad centrándose solo en temas que
provienen del mundo occidental y vinculados a las preocupaciones propias de ese
medio; el pensamiento latinoamericano viene luchando desde hace mucho por
reenfocar el objetivo de sus propuestas dirigiéndolas hacia una sociedad y un
mundo que no es Europa o Estados Unidos. En consecuencia, la esencia de las
ideas que serán expuestas a continuación son producto de ese enfoque, de esa
peculiar necesidad nuestra de mirarnos a nosotros mismos como un hecho real y
principal, no marginal ni supeditado a las perspectivas de las sociedades
dominantes de turno. Las tres nociones que se van a tratar son: sobre el origen
del hombre andino, sobre su mandato imperativo de vida y sobre su finalidad,
que es la belleza.
1.
El origen del hombre andino
Es común que debido a
las relaciones de poder que gobiernan el mundo actual se piense que las
creencias imperantes son las correctas. Sin embargo la experiencia nos
demuestra que muchas veces éstas corresponden más a las necesidades de
configurar un sistema de dominio que a lo que podríamos llamar como “la
verdad”. No hay imperio que no pueda evitar tener que establecer ciertos
cánones sobre los cuales sostener su dominio. Entre los muchos esquemas que
existen se puede mencionar el de la noción de ser humano, cómo se piensa acerca
de lo que es el hombre. Para tocar este punto debo apelar a mis propios
trabajos sobre el tema los cuales están plasmados en las obras La
promesa de la vida humana y, más ampliamente, en El impulso
filosofante, aún sin publicar. En inevitable hacerlo
puesto que, sin ello, no se podría citar un texto orgánico que sirva de apoyo a
lo que voy a intentar sostener: que el hombre andino ha configurado su modo de
interpretar al mundo en función a una relación sensorial con éste, de ahí que
el eje central para la configuración de sus ideas sea lo que denomino como el
factos, la unidad básica de pensamiento con la cual éste conforma sus discursos
(en el caso occidental es el logos, la palabra). El factos es el acto con
sentido que tiene una explicación y una orientación y que puede ser transmitido
y entendido. La suma de muchos factos es una idea y la acumulación de muchas de
ellas viene a ser el discurso.
Ciertamente que todos
los seres humanos hacemos lo mismo y en distinta magnitud, pero lo que caracteriza
al hombre andino es la priorización de dicho método para el filosofar. Sé que
ahondar más en esto puede complicar las cosas hasta correr el riesgo de
salirnos del tema, pero el hecho es que cuando se emplea tal forma de pensar el
producto que surge de ello es diferente al que se obtiene mediante los otros
dos métodos que vienen a ser el razonal (típico de Occidente) y el intuitivo
(de Oriente).
Si hay algunos seres
humanos, como el caso del andino, que consideran que la abstracción se puede
plasmar en elementos concretos físicos y no solo en palabras es lógico que las
explicaciones sobre sí mismo varíen diametralmente de las de otros, asunto que
no debe extrañar. A quienes están acostumbrados a definirse como “seres
razonales” para diferenciarse de los animales les parecerá extraño que haya
quienes no lo entiendan así puesto que no consideran a la razón como el
elemento prioritario para identificar lo humano. En el caso andino, debido a la
preponderancia del factos sobre el logos, la definición recae en el acto, en la
obra, siendo así que el hombre se diferencia del animal no por emplear su razón
(pues todos los animales también la tienen a su manera) sino por “hacer cosas”
que otros seres vivos no hacen. En Occidente fue recién con la aparición de las
teorías evolucionistas que se cuestionó el papel de la razón para darle mayor
valor al homo faber como base para entender su esencia.
Visto esto se
comprenderá que el andino se entienda a sí mismo como un producto de su
relación activa con la naturaleza, de un dar y recibir información que es lo
que finalmente lo identifica y de lo cual piensa que él ha surgido. No es por
lo tanto ni un producto divino ni tampoco una exacerbación de su razón sino una
obra hecha al alimón con la naturaleza. Esto explicaría muchas cosas, entre
ellas, la ausencia de textos o libros o el no uso del lenguaje común para el
ejercicio del filosofar, y sí en cambio la preocupación por poner las ideas
“sobre” el mismo mundo en el que vive y donde solo viviéndolo es posible
leerlas. Haciendo un paralelo con Occidente, mientras que allí se filosofa con
el logos y se tienen que construir discursos orales-escritos, en el Ande se
filosofa con el factos y se tienen que diseñar escenarios. Mientras que los
filósofos occidentales son dramaturgos los andinos son escenógrafos y
coreógrafos, pero en ambos casos se deja entender qué y cómo piensan dichos
hombres. Para el andino existen otros sentidos además del de la vista con los
cuales interactuar con el mundo. Un ejemplo de ello es el llamado “Camino del
Inca”, en la ciudad del Cusco, que viene a ser una experiencia que, al ser
recorrida, deja entender muchas cosas específicas hechas por el hombre al igual
que cuando se recorre con los ojos los textos de un libro occidental. El método
es diferente pero se logra el mismo fin: comunicar.
2.
El mandato imperativo de vida
En vista de lo primero
resulta inevitable que, si se desarrolla una relación tan intensa y elemental
con la naturaleza, se reconocerá en ella una serie de atributos esenciales.
Debemos recordar que recién hasta hace poco en Occidente, con el auge de la
ciencia, el hombre razonal de aquellos lares comenzó a considerar a la
naturaleza ya no como su enemiga sino como un objeto de su interés y estudio,
además de la fuente de toda su riqueza. Esta civilización vivió durante miles
de años tratando de verse a sí misma como algo más que naturaleza, como alejado
de ella y de su “salvajismo”; lo importante era que el ser humano razonara y
eso era su mayor valor y conquista. Sin embargo con la revolución y la caída
del cristianismo como poder político dicha sociedad reconsideró tal
autopercepción y hasta el día de hoy sigue intentando acercarse a la naturaleza
con un verdadero afán, aunque todavía sin darle otro valor que el de cosa. Los
rezagos del razonalismo aún le impiden aceptar una igualación con el resto de
los seres vivos y eso se demuestra con el predominio que le da a las leyes del
mercado por sobre las de la realidad, siendo ello un síntoma de que a Occidente
le importan más sus propias concepciones de las cosas que los hechos concretos
tal cual son.
En el caso del mundo
andino, donde el ser humano vive más cerca de la experiencia sensorial que a la
especulación razonal, el conocimiento es más un “entendimiento” de lo que es la
naturaleza. Si Occidente se formó con la convicción que el conocer era
aprehender las causas de todo, qué origina y ocasiona lo que nos rodea, en el
Ande la idea imperante es la de captar el modus operandi de la naturaleza. He
allí también la distinta orientación de la ciencia pues, mientras que en el
primer caso es de tipo cognitiva —acción que es interpretada como “el descubrir
las causas”, llevando ello a abrir la materia para ingresar a su interior y ver
de qué está hecha, cómo funciona y de qué manera darle otra orientación— en el
segundo lo es de entendimiento, en el sentido de que hacer ciencia no es otra
cosa que “entender” a la naturaleza, saber cómo ésta se comporta para de ahí
extraer las normas básicas de lo que el hombre debe hacer durante su
existencia, no así torcerla a su antojo.
Si es así, el hombre
sensorial encuentra sus explicaciones en lo observable y verificable, en
aquello que tiene delante y que le muestra la esencia de la vida. La naturaleza
toda es coherente, nada se halla fuera de lugar y emplea siempre la misma
lógica. Al hombre lo que le compete es desentrañar de ella las enseñanzas que
le explican todo lo que necesita saber para desarrollar su existencia. Uno de los
idiomas originarios andinos, el quechua, expresa mediante un concepto —ajeno
para Occidente— la más importante ley que el hombre puede llegar a aplicar:
kamay, cuya traducción lo explica como un imperativo que emana de un poder
superior al hombre, una obligación, una orden o un mandato. La idea subyacente
es que la realidad es una estructura compleja pero que tiene su propia fuerza
que la anima y toda ella interactúa de manera recíproca y solidaria, donde nada
está dado al azar pues todo tiene un fin y un porqué, además de una función
indispensable. Si desde lo más insignificante hasta lo más grandioso cumplen
cada cual un papel entonces el ser humano, criatura que forma parte de este
concierto, debe tener también su razón de ser y su misión en la vida. No puede
estar exento de ella.
Siguiendo con esta
secuencia se deducirá que la principal preocupación del hombre andino será
primero averiguar qué es lo que le corresponde hacer para insertarse dentro del
Universo y luego de qué manera debe cumplir con dicha tarea. A diferencia de la
visión occidental, donde el ser humano es un ente aparte de la naturaleza, con
objetivos y funciones ajenos a sus dictados y cuya “misión” es usufructuarla
según le indiquen las ideas del momento, la del andino es compenetrarse en su
ritmo y formar parte activa en su desenvolvimiento. Los seres vivos se realizan
plenamente solo cuando desarrollan todo su ser tal como son, por lo tanto el
hombre solo alcanzará su plenitud cuando haga algo que salga de sí y que esté
dirigido a “colaborar” para que la naturaleza siga siendo lo que es. En pocas
palabras, el humano “es” cuando, como humano, pone de su parte todo lo que está
a su alcance para contribuir con la existencia del todo. De modo que no está
llamado a transformarse en otra cosa que en humano, a diferencia de lo que en
Occidente se dice cuando se le imputa a éste un destino de conquistador del
Universo, dominador de la materia o futuro habitante de un cielo o de un
infierno después de muerto.
Si el andino cumple
con lo dispuesto para él por el kamay (el mandato) que viene a ser “lo que es”
—puesto que no hay otra cosa fuera de la naturaleza (y donde la nada es un
imposible en la medida que es solo una noción mental, no real)— entonces su
vida habrá tenido sentido y él será dichoso. Si no lo cumple, si no colabora
con el orden tal como es, entonces se habrá salido de lo correcto y actuado en
contra del mandato que le obliga a ser útil para la naturaleza que le dio la
vida. Esto explica por qué todos los dioses son tectónicos o seres propios de
la naturaleza (en Occidente califican esto de “panteísmo” o “animismo”
insinuando con ello una visión “primitiva” de la vida) y por qué el andino se
inclina a lo evidente antes que a lo abstracto, situación que lo aleja de las
especulaciones teóricas, muy entrañables para el occidental, pero que le
resultan extrañas e incomprensibles en vista que la naturaleza no es ni oscura
y misteriosa sino clara y sencilla en sus manifestaciones. Con ello también se
aclara en parte la razón del carácter y temperamento de dicho hombre ante la
existencia.
3. Su finalidad: la belleza
Un tercer concepto
fundamental para abordar el pensamiento andino es aquel que entenderíamos como
su meta o finalidad; cuál sería el objetivo ideal que él persigue durante su
vida, tanto como individuo como sociedad. Si hemos visto que él es distinto en
cuanto a su forma de entender al mundo y a la realidad a como estamos
acostumbrados —o sea, a la manera occidental— pues no filosofa con la razón
sino con la sensación, con el factos, y por ello le da más peso a lo que
obtiene como información de la propia naturaleza que de su imaginación. Se
podría decir que si lograse aplicar todo lo que observa de ella para ejecutar
su función humana entonces tendría por resultado una obra tangible y real que
formaría parte del contexto natural, significando ello un aporte para que la
propia naturaleza sea lo que ella ya es: perfecta. Si la flor, si la hormiga
realizan su “trabajo” y con ello realzan al todo, el hombre no puede ser menos;
también tiene que hacer algo para que ésta vaya bien, como debe ser. De modo
que el aporte suyo tendrá que revertirse en la misma naturaleza y ello será un
ladrillo más dentro de la armonía del conjunto, armonía que, cuando se da,
produce equilibrio y paz, estabilidad y tranquilidad, cosa que es la mayor
gratificación posible para el ser humano. Ese estado agradable lo que genera es
una sensación de ver, de sentir, de compartir con satisfacción. Es, en suma de
cuentas, un estado de belleza, puesto que la belleza no es otra cosa que la
contemplación de la armonía, lo cual vendría a ser el gran objetivo de la
existencia para el ser humano desde el punto de vista andino.
Toda obra humana, en
la medida que produzca un beneficio común, tanto para el hombre como para la
naturaleza, será siempre bella, de tal manera que la estética se medirá en
función a cómo se insufla en la materia los elementos que producen armonía. No
se trata de “imitarla” sino de “ayudarla” a seguir siendo lo que es. Cuando no
se cumple con lo que se debe se produce el desorden, el desequilibrio, la falta
o el “pecado” (tomando un concepto cristiano) y ello solo se repara cuando las
cosas vuelven a su cauce, a lo que deberían ser. Cuando todo está en su lugar y
actuando de acuerdo con el mandato imperativo se obtiene la belleza, situación
que en el hombre es un estado contemplativo extático que llena su espíritu con
una sensación de gozo. La diferencia que hay con el concepto “felicidad” es que
no es algo que está únicamente en el interior de una persona, como pasa en
Occidente, sino que necesariamente tiene que provenir del exterior; es decir,
no es un placer privado: es un hecho concreto que tanto a la naturaleza como a
los otros hombres les debe constar que es real. En el mundo andino no se busca
“la felicidad” sino la belleza, algo más impersonal pero que sí es posible de
lograrse y de comprobarse en la práctica, mientras que la felicidad puede
tratarse de una ilusión pasajera, egoísta o perversa, donde tanto los demás
como la propia naturaleza están ausentes de esa experiencia.
Esto explicaría por
qué en el mundo andino se habla hoy de “el buen vivir” (en quechua allin
kausay) que engloba muchas más cosas que un simple estado de felicidad
individual. En el buen vivir están implícitos numerosos conceptos como, por
ejemplo, el que nadie puede obtener este buen vivir por sí mismo; es
necesariamente un acto colectivo donde, sin la participación de los demás, no
se puede lograr. Sería imposible para el andino gozar mientras el entorno sufre
puesto que éste es parte de su ser (en la felicidad sí puede darse en la medida
que se trata de un estado íntimo supeditado solo a metas personales, sin
importar si éstas sean o no contraproducentes con el bien para las mayorías y
para la naturaleza y los seres que la habitan). Si el equilibrio está roto, si
la naturaleza sufre una quiebra en su estructura, si los seres con los que se
cohabita igualmente sufren será inútil intentar encontrar la belleza buscada y
se vivirá con pena, tristeza y amargura. En cambio, si se restaura el
equilibrio las cosas se encontrarán en su lugar y cumplirán con la misión
encomendada. Y si el hombre andino ha puesto su cuota de esfuerzo para que eso
se dé entonces el resultado será la contemplación de la belleza de la obra y
ello lo llenará de dicha.
Se comprenderá que
frente a esta lógica el transformar a la naturaleza en algo que no es o no
tiene que ser resulta una deformidad; y que el hacerlo conlleva un
desequilibrio que termina en fealdad. Para el andino el trastocar la naturaleza
para que el hombre haga con ella lo que no está dentro del mandato imperativo
solo puede producir desgracias y destrucción, arrastrando al ser humano a una
tragedia. Ello permite entender el porqué de la animadversión que genera en él
la mentalidad razonal que ve a la naturaleza como un objeto de consumo para el
hombre; el porqué de su indiferencia ante un tipo de ciencia que no es la suya
y su rechazo a integrarse incondicionalmente a una civilización que percibe al
mundo, al Universo, como contrincantes o como presas a las cuales debe someter
a su servicio.
Conclusión
El modelo ancestral
andino contiene en sí mismo el esquema de un desarrollo sostenible porque
proviene de una concepción cuya principal preocupación es la simbiosis y el
equilibrio con la naturaleza de lo cual se deriva todo lo demás. De modo que si
se quisiera encontrar modelos alternativos a la actual modernidad mercantil
occidental lo que se propone es tomar las estructuras fundamentales de dicha
cultura como patrón de organización y sus ideas centrales aplicarlas, con las
necesarias adaptaciones del caso, a un nuevo formato de sociedad universal.
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